1. Los Iberos
Los orígenes de Santa Coloma de Gramenet se remontan a la época del
neolítico. El primer asentamiento —una pequeña agrupación de cabañas
construida probablemente con ramas de árboles— data de unos tres mil
años antes de Cristo y estaba situado en la vertiente del Puigfred,
donde hoy se halla el Hospital de l’Esperit Sant. Sus habitantes eran
recolectores, cazadores y agricultores.
De los restos arqueológicos encontrados correspondientes a esta época,
destaca el Cau d’en Genís, un sepulcro megalítico ubicado a unos
quinientos metros del Poblat Ibèric Puig Castellar, constituido por un
gran bloque de granito que descansa sobre otras rocas más pequeñas,
sugiriendo la entrada a lo que debió ser un corredor sagrado. Otros
hallazgos (cerámicas, huesos, etc.) ponen de manifiesto la presencia
humana en diversos puntos como el torrent de les Bruixes o can Butiny? ,
en plena Edad del Bronce, entre los años 1200 y 900 aC.
Sin embargo, el descubrimiento del Poblat Ibèric Puig Castellar, que
tuvo lugar en 1902 gracias a la tenacidad de Ferran de Sagarra, aporta
una información trascendente para la reconstrucción histórica de Santa
Coloma. El poblado se asienta en la cima del turó del Pollo a 303
metros de altura. Tiene una forma alargada, de tipo cónico. Fue para
los iberos un enclave defensivo estratégico.
Los iberos ocuparon una extensa franja litoral mediterránea, entre el
Llenguadoc y Andalucía, quinientos años antes del nacimiento de Cristo.
Gobernado por un consejo de ancianos —la cúspide aristocrática—, el
poblado representó la estructura social básica de esta civilización.
Los iberos del turó del Pollo vivían de la agricultura, mientras la
ganadería constituyó una actividad complementaria. La caza y la pesca
adquirieron una gran relevancia, especialmente la cinegética, por la
enorme cantidad de animales que se podían encontrar en los bosques
colindantes. El comercio, curiosamente, ya les supuso una fuente
importante de acumulación de riquezas.
El contacto de los iberos con otros pueblos mediterráneos les llevó al
descubrimiento y utilización de la escritura, si bien las inscripciones
halladas son imposibles de traducir y representan todavía hoy un
misterioso enigma.
La influencia mediterránea tuvo también en ellos un importante impacto
espiritual: se desarrolla así un arte ibérico de gran riqueza,
fundamentalmente religioso. En la tercera excavación del Puig Castellar
(1954) se encontraron, entre otros objetos, una cerámica con forma de
rostro femenino —una reproducción de la diosa Demeter, llamada en la
mitología púnica diosa de la fecundidad Tanit— y un morillo de hierro
forjado de los siglos IV-III aC. En la actualidad, estos dos iconos se
utilizan para distinguir a los ciudadanos y entidades que trabajan en
pro de la ciudad, en las ediciones bianuales de los Premios Ciutat de
Santa Coloma.
El poblado Puig Castellar fue abandonado hacia el año 150 aC y sus
moradores se trasladaron a la parte más llana de Santa Coloma. Antes,
en el 218 aC, tuvo lugar el desembarco de los romanos en Empúries.
Algunas tribus ibéricas se revelaron contra la ocupación y otras
aceptaron pacíficamente la presencia de los invasores. En el caso de
los ancestros colomenses, el descenso hacia la llanura pudo ser una
consecuencia del proceso de romanización.
2. Baetulo: la etapa romana
Inevitablemente, la llegada de los romanos a Catalunya provocó cambios
importantes en la estructura social y en la explotación de la tierra.
Las villas o casas de payés pasaron a ser la base de una sociedad
emergente en la que finalmente acabaron integrándose los iberos. Santa
Coloma se encuadró en el ámbito de la ciudad de Baetulo
(Badalona), centro de desarrollo del comercio, la administración y el
arte. Se calcula que debieron existir siete villas en el término
colomense durante la época romana, la cual tuvo su momento álgido en
los siglos I y II dC. Un horno, encontrado en la zona conocida
popularmente como el Motocròs, una rueda de molino, diversos fragmentos
de cerámica y, sobre todo, una tumba descubierta cerca de la masía de
can Zam son los restos arqueológicos más importantes de este período.
La decadencia del Imperio Romano, sus continuas crisis políticas, las
incursiones de los pueblos bárbaros (visigodos y árabes, entre otros)
provoca nuevos cambios en la forma de la propiedad. La ciudad
pierde importancia en favor de las villas. Los terratenientes emergen
como la clase más poderosa, se hacen con grandes explotaciones
agrícolas y consolidan el modelo feudal —los señores ceden a los
campesinos la explotación de sus propiedades a cambio del pago
del diezmo— entre continuos sobresaltos (reconquista, pillajes,
incursiones de los sarracenos, etc.).
A comienzos del siglo XI, bajo el manto protector del conde Ramon
Berenguer, Santa Coloma, que entonces se conocía como la vall
Carcerenya, contaba con unos 120 habitantes diseminados en masías,
capillas, torres y molinos. Todo el valle quedaba bajo la
administración de la Pia Almoina, un organismo caritativo
dependiente del Obispado de Barcelona donde se conservan documentos
históricos fechados entre los siglos X y XIV.
3. Santa Coloma, mártir o el nacimiento del pueblo.
Santa Coloma fue una mártir de la Marca Hispánica que a los diecisiete
años fue asesinada por los romanos (274 dC) por sus ideales católicos.
La mataron en Sens, a 60 kilómetros de París. Pues bien, en 1187 el
obispo barcelonés Bernat de Berga consagró con el nombre de Santa
Coloma una iglesia románica que se construyó en el espacio que en la
actualidad ocupa la parroquia de Sant Josep Oriol. Siguiendo la
costumbre de la época, alrededor del templo quedaron delimitados los
límites del término administrativo del nuevo municipio.
Surge así un pequeño villorrio compuesto por algunas edificaciones que
hoy forman parte del patrimonio histórico y artístico de la ciudad,
como la torre Balldovina, el molí d’en Tristany (Molinet), o las masías
de can Zam, can Calvet, can Franquesa y la Torribera. Al nombre de la
iglesia se le añadió el topónimo del lugar —Santa Coloma de Gramenet—,
que viene de “gram”, una hierba muy común y abundante entonces en los
bosques de pinos, robles, encinas y viñedos que se extendían entre el
río Besòs y las montañas de Sant Mateu, Mosques d’Ase y Sistrells. El
término municipal colomense ha superado ya los ocho siglos de duración.
La torre de defensa más antigua, la torrassa —data del siglo XI y forma
parte del conjunto que hoy conocemos como torre Balldovina—, se erigió
en aquella época de grandes turbulencias en el principal emplazamiento
defensivo, papel que cumplió durante mucho tiempo: en la guerra civil
que enfrentó a los partidarios del rey Juan II con la Generalitat
(1462-1472), una de las batallas más cruentas se desató en sus
alrededores (noviembre de 1471).
En el siglo XII, el territorio fue de nuevo devastado a causa de las
incursiones de los almorávides, a las que siguieron otras luchas entre
árabes y cristianos. En el siglo XIV se pone fin a la invasión
árabe y comienzan a proliferar las masías como núcleos vertebradores de
la población. De esa etapa data la torre Pallaresa y, muy cerca, aunque
fuera de los límites de Santa Coloma, se construye en 1416 el
monasterio de Sant Jeroni de la Murtra.
4. Tiempos modernos
A pesar de los continuos movimientos de tropas, Santa Coloma gozó de
una cierta prosperidad a lo largo de toda la Edad Media. Entre los
siglos XII y XIV se diversificaron los cultivos y se logró una mayor
productividad agrícola. Además, su escasa importancia estratégica y
militar —el poblado se encontraba aislado, alejado de las principales
vías de comunicación— le permitió mantener una cierta integridad. Los
campesinos, por ejemplo, tenían derecho a refugiarse tras las murallas
de Barcelona en el caso de grave peligro. La jerarquía de los
propietarios de las grandes masías fue otra constante de este período.
Catástrofes naturales, terremotos y epidemias asolaron Catalunya a lo
largo del siglo XV. La rutinaria vida de los payeses colomenses quedó
truncada por pestes endémicas como la gl? nola, que no fue erradicada
hasta mediados del siglo XVI. Las calamidades no menguaron en los dos
siglos siguientes, si bien las consecuencias para los habitantes de
Santa Coloma fueron más leves, a causa, otra vez, de su aislamiento
geográfico.
Tras la Guerra de Sucesión (1714) el censo aumenta de manera
espectacular: de los 144 habitantes contabilizados en 1718, se pasa a
731 en 1787. Se abre una etapa caracterizada por un crecimiento
moderado de la riqueza con la agricultura como principal motor
económico. El pequeño núcleo urbano delimitado por las calles Major y
Safareig crece en dirección a la montaña —los colomenses de entonces se
refugiaban así de las crecidas del Besòs y de las enfermedades que
provocaban las aguas estancadas— y se consolidó con el aumento de la
población. La antigua iglesia románica fue sustituida por un templo
barroco en 1761.
La tierra se mantiene en las mismas manos, pero con una novedad: las
relaciones entre los propietarios y los campesinos ya no son de tanta
dependencia como en la Edad Media. Aparecen figuras tan dispares como
los masoveros (payeses que vivían en la masía y trabajaban en la
propiedad del terrateniente) y los jornaleros. La agricultura atraviesa
un momento de esplendor. A las viñas y plantaciones de cereales y
hortalizas que colorearon el paisaje desde siempre, se unen ahora
productos como el cáñamo y el lino, que florecen en las lagunas
cercanas al río.
5. Primeras industrias: los artesanos del XIX
El siglo XIX no comenzó con buen pie. En 1803 una riada provocó graves
daños en los cultivos. En 1808, durante la Guerra de la Independencia,
soldados napoleónicos asaltaron el pueblo y mataron a 14 lugareños. La
réplica se produjo en la llamada batalla de Santa Coloma, el 22 de
septiembre de ese mismo año: las tropas de Milans del Bosch derrotaron
a los franceses, aunque éstos últimos acabarían imponiendo su poderío
militar en un nuevo enfrentamiento, esta vez en las cercanías de Sant
Jeroni de la Murtra. La guerra, el nefando reinado de Fernando
VII, el hambre, la miseria y las epidemias golpearon con fuerza sobre
los colomenses en este primer cuarto del siglo XIX.
A pesar de estos obstáculos, Santa Coloma empieza a crecer. En 1718
había en la aldea 30 casas. Cien años después el número de viviendas se
había quintuplicado. Se crean calles y se amplían otras ya existentes,
como las de Cases Noves (Vistalegre), Sant Pere, Pedró, etc.
La tierra pertenecía a una decena de individuos —la mayoría eran
forasteros—, entre los que descollaban Ferran de Sagarra, el conde de
Llar o Joan Franquesa. Casi todos los campesinos eran pobres y el
protagonismo social recaía sobre una élite de masoveros que
trabajaba para los grandes hacendados.
Igual que en otras poblaciones de la periferia de Barcelona, hacia la
mitad del siglo se inicia un tímido proceso de industrialización:
aparecen talleres familiares del textil, cuya importancia para la
economía local irá progresivamente en aumento; el 10% de una población,
compuesta entonces por 1.500 personas, está empleada en estas
manufacturas. Además, se instalan de forma estable pequeños
comerciantes y artesanos.
En 1861 el consistorio compró unos terrenos para ubicar el cementerio
nuevo. En 1872 se estableció en la calle Major la escuela de
niñas o costura. En 1885 las dependencias del Ayuntamiento, el Juzgado
y la escuela se trasladan a la era de can Pascali (plaça de la Vila).
En 1886, en la carretera de Sant Adri? (calle Anselm Clavé), abre
sus puertas can Xaconet o cafè de dalt, que más tarde sería la sede de
la Lliga Nacionalista. En 1887 se construyó el edificio de las monjas
dominicas (el primer colegio privado de la localidad) en unos terrenos
cedidos por Ferran de Sagarra, quien también donó el espacio suficiente
para levantar un matadero cerca de can Zam (1893). En 1895 se celebró
por primera vez la Festa Major d’Estiu para despedir a las familias
barcelonesas que veraneaban en Santa Coloma.
6. Los veraneantes
A finales del siglo XIX varias familias de la burguesía barcelonesa
pusieron de moda veranear en Santa Coloma: uno de los pioneros fue el
historiador Ferran de Sagarra, propietario de la torre Balldovina y
padre del célebre poeta Josep Maria de Sagarra. El entorno geográfico,
el clima y la proximidad a la gran ciudad facilitaron esta migración
que se repetía cada año entre los meses de junio y septiembre. Los
señores compraron terrenos y construyeron sus casas de recreo que
embellecieron la fisonomía del pueblo. Las nuevas construcciones se
agruparon rodeando el núcleo originario de la villa: se abrieron calles
y se densificaron otras como las del Pedró o la Rambla. Algunas de
estas fincas desaparecieron en la vorágine especulativa de la década de
los 60 (can Gordi, can Nohet). Otras lograron salvarse y han sido
recuperadas e incorporadas al patrimonio de la ciudad como can Muntlló,
can Sisteré, can Franquesa o can Mariner, una antigua masía del siglo
XVII, que a finales del XIX fue la segunda residencia de los Roviralta,
quienes la reformaron y ampliaron; en la década de los ochenta se
convirtió en un casal de barrio (la recuperación de la masía y la plaza
colindante, fue obra del arquitecto colomense Xavier Valls,
muerto en el atentado de ETA contra los almacenes Hipercor).
El edificio más emblemático de aquella etapa es can Roig i Torres. Hoy
convertida en escuela municipal de música, esta mansión, una de las más
hermosas de la ciudad, mezcla de forma armónica los estilos noucentista
y modernista. Fue construida entre 1906 y 1912 por Rafael Roig i
Torres, un hombre adinerado que, entre otros cargos, ocupó los de
cónsul de Uruguay en Barcelona y teniente de alcalde en el Ayuntamiento
barcelonés.
La influencia de la colonia barcelonesa fue grande, a pesar de que las
relaciones sociales entre veraneantes y nativos siempre fueron muy
clasistas: algunos forasteros evitaban deliberadamente el contacto con
el pueblo llano, se refugiaban en sus torres con jardín y, como máximo,
se dejaban ver en la misa del domingo. La presencia temporal de estas
familias acaudaladas supuso una mejora económica para un sector de la
población colomense. A petición de los veraneantes, el Ayuntamiento
creó en 1895 la Festa Major d’Estiu para agasajar y despedir a tan
ínclitos personajes. No obstante, la antigua fiesta de la patrona, el
31 de diciembre, nunca dejó de celebrarse.
En contraste con estas idas y venidas de familias ricas, se producen
las dos primeras oleadas migratorias modernas, aunque de muy reducidas
proporciones: una procedente del interior de Catalunya y otra, de
Aragón, que se conoció popularmente con el apelativo de los
maños. En ambos casos las dificultades de integración fueron mínimas.
Se trataba de jornaleros, mano de obra agrícola.
7. El siglo XX
En los albores del siglo XX surgieron junto al río nuevas industrias
que se acabarían imponiendo a los pequeños talleres del textil. La
puesta en marcha de fábricas como las del papel, can Baró o can Sala
mejoró la economía de muchas familias colomenses. Sin embargo, las
condiciones laborales que ofrecían dejaban mucho que desear. Jornadas
largas y agotadoras, abusos de patrones y capataces, nulas condiciones
de salubridad y pérdidas de empleo de forma cíclica fueron los
factorers que caracterizaron un panorama de sobreexplotación, reflejo,
por otra parte, de la situación social de la época y de la mentalidad
de los empresarios de entonces. Pero, contrariamente a lo que sucedía
en Barcelona, fueron muy escasos los conflictos entre obreros y
patronos. El sindicalismo a este lado del Besòs se hallaba en pañales.
El proceso de industrialización se expandió en las primeras décadas del
siglo XX. En puertas de la II República existían 30 fábricas en Santa
Coloma.
A principios del siglo XX, el pueblo requiere transformaciones, ponerse
a la altura de los nuevos tiempos, y los cambios no tardarían en
llegar. Llorenç Serra es elegido alcalde en 1906. Un año después,
el Ayuntamiento autoriza a la Compañía Barcelonesa de Electricidad la
instalación de la red del alumbrado público que, en poco tiempo, se
extiende a todo el municipio. El teléfono y el cinematógrafo son otros
inventos que se incorporan a la vida cotidiana de los colomenses (las
proyecciones de cine empezaron en 1909 en una sala de can Xaconet). En
la década de los veinte, Santa Coloma de Gramenet rompe definitivamente
con su aislamiento de siglos al inaugurarse el puente sobre el río
Besòs. La conexión con Barcelona deja de ser una penosa y peligrosa
travesía para convertirse en un hecho rutinario y sin especial
relevancia. Esta obra tuvo una trascendencia enorme, puesto que
multiplicó las posibilidades de tránsito de las personas y acabó con el
ideal bucólico/pastoril del pueblo payés. En 1915 se consagra la
iglesia Major que sustituyó como parroquia al antiguo templo barroco
(de estilo neogótico, la nueva iglesia fue financiada gracias a la
pequeña fortuna que legó para este fin el sacerdote colomense Jaume
Gordi). En 1917 se funda el Sanatorio del Espíritu Santo que en un
principio acoge enfermos tuberculosos. En 1922 la Mancomunitat compra
los terrenos de la Torribera para edificar la Clínica Mental. En 1929
se abrió el servicio de autobuses Santa Coloma-Barcelona, que sustituyó
al antiguo, que cubría el itinerario Santa Coloma-Sant Adri? desde 1921.
En este período hay cambios urbanísticos importantes: se construyen
aceras y alcantarillas y se amplía la plaza de la Vila. Pero otros
proyectos interesantes, como el del Eixample, que, entre otros
objetivos, preveía la construcción de una plaza céntrica desde donde
salían ramblas y avenidas, quedó reducido a la nada por la fiebre
especulativa que ya por entonces comenzaba a hacer estragos.
8. La especulación de los cupones
Mientras Europa estaba enfrascada en la primera Gran Guerra, en
Catalunya se vivía una etapa de prosperidad económica que provocó un
incremento considerable de las clases medias. En 1916 Anselm de Riu i
Fontanilles, un comerciante catalán que había vivido Argentina y que
hizo fortuna con el conflicto bélico, fundó la Compañía Nacional de
Tierras. Esta sociedad compró los terrenos de los grandes propietarios
del municipio y luego los parceló en fincas de dimensiones reducidas
para venderlas a pequeños tenderos y obreros de Barcelona. Los Banús,
otra de las familias acaudaladas del pueblo, copiaron la idea y
vendieron las tierras malas para el cultivo. A lo largo de una década,
se especuló a través del sistema que se conoció con el nombre de
estampilla verde, unos cupones que se podían adquirir en tiendas de
Barcelona y que facilitaban el sueño de muchas personas de tener la
casa y el huerto cerca de su lugar habitual de residencia. La gente que
compraba por el sistema de acumular cupones no tenía suficiente dinero
para edificar. Por lo tanto, se hacían unas barracas donde guardar las
herramientas de cultivo del huerto hasta el siguiente fin de semana.
Muchos de los estampillaires se acabaron instalando de forma permanente
en sus terrenos, entre los indisimulados recelos de la gent del poble
que veía en esta masiva afluencia de barceloneses el final de su modus
vivendi. Surgen así barrios que nunca antes habían existido como
Singuerlín, Fondo, Llatí, Riu, Santa Rosa, Raval, etc. Las viviendas
proliferan como setas en calles sin asfaltar, sin la más mínima
infraestructura de alcantarillado y aceras, sin escuelas y sin
asistencia sanitaria. Las tierras para el cultivo se venden y los
antiguos jornaleros tienen que buscar trabajo en la industria.
Los desequilibrios aumentaron todavía más a raíz de la celebración de
la Exposición Universal de 1929 en Barcelona. Las familias inmigrantes
que vivían en barracas en la montaña de Montjuïc fueron trasladadas a
Santa Coloma de Gramenet, al otro lado del río, en un barrio que se
bautizó rápidamente como Cases Barates (Baró de Viver). Las viviendas
se construyeron deprisa y corriendo, sin autorización del Ayuntamiento.
En la década de los veinte la población aumentó de forma brutal: de
2.000 habitantes se pasó a 13.000. Los veraneantes burgueses ya no
volverían más porque habían desaparecido los encantos intrínsecos al
pueblecito de antaño.
9. República y Guerra Civil
El imparable camino de Santa Coloma hacia una ciudad dormitorio, un
suburbio obrero de Barcelona, se acrecentó bajo las dos dictaduras que
ha padecido nuestro país en este siglo: la de Primo de Rivera y la de
Franco. Durante la primera fueron abortados (1923) los intentos de
constituir la organización local del sindicato anarquista CNT. En su
lugar se creó el Ateneo Instructivo Colomense, donde iban muchos
trabajadores a aprender a leer y a escribir. Era un servicio muy
necesario por cuanto la escuela pública presentaba un estado calamitoso
y el colegio de las monjas que impulsó Sagarra a finales del XIX se
atenía al conservadurismo de la Iglesia católica. En este contexto,
nace la Escola Nacional Catalana (más tarde tuvo que cambiar de nombre
y llamarse Estudi Nou), fundada en 1923 por el matrimonio Manent. En
sus aulas todas las materias se impartieron en catalán. Además, aportó
un modelo educativo y unos sistemas pedagógicos revolucionarios frente
a la indolencia de sus competidores.
La caída de la Monarquía y la proclamación de la II República son
hechos bien acogidos por la población: se recuperan las libertades y la
animación crece en las calles. Se establece la Escuela Racionalista a
iniciativa de la CNT, abre sus puertas la Casa del Pueblo y se
constituye la Unió de Rabassaires. La vida asociativa se canaliza a
través de varios locales: el Centre d’Esquerra Republicana (después fue
el cine Principal), el café de can Juli? , la sociedad coral y
recreativa El Pensament, la Escola de Declamació, etc. Por entonces se
inaugura también el mercado Sagarra.
En las elecciones del 12 de abril de 1931 resultó elegido alcalde
Manuel Vilaseca, un industrial militante de la LLiga Catalana que
mantuvo una intensa polémica con la corporación municipal anterior,
designada por la dictadura: en aquel momento Vilaseca se quedó en
minoría al proponer una política de catalanización de los rótulos y de
los impresos oficiales frente a hombres como Joan R? fols, Emilio
Singuerlín o Enric Sanchis. Los individuos que ostentaban estos
apellidos y que representaban a las familias acomodadas vieron como
otros hombres de clases humildes lograban el poder político a través de
las urnas. Así, los dos últimos alcaldes republicanos fueron el
campesino Celestí Boada, fusilado por las tropas franquistas, y el
maestro libertario José Berruezo, quien tuvo que exiliarse para no
correr la misma y trágica suerte de su compañero.
En octubre de 1934 la situación se radicaliza. En Santa Coloma se
organizan patrullas armadas, pero pronto llega la represión: desde
Badalona entran tropas bajo el mando de un comandante de caballería. El
alcalde Josep González y los concejales de izquierdas fueron detenidos
y encarcelados. La derecha se instaló de nuevo en el poder hasta la
victoria del Frente Popular de 1936, triunfo que devolvió a sus cargos
en el Ayuntamiento a los concejales represaliados en el bienio
conservador.
Durante la República se arrastraron las secuelas del crack del 29, que
afectó gravemente a la economía mundial. Para colmo, la Guerra Civil
retardó la salida de la crisis e incidió negativamente en la mayoría de
las actividades productivas: entre 1936 y 1938, en Santa Coloma, se
pierden ocho industrias y se paraliza el sector de la construcción.
Todo ello repercutiría en un considerable aumento del paro. A la altura
de 1935 la propiedad de la tierra estaba muy repartida. Los grandes
hacendados habían pasado a la historia.
La Guerra se vivió en Santa Coloma como en otras partes de Catalunya.
Se creó el comité antifascista Gramenet del Besòs, la nueva
denominación del pueblo, para organizar la resistencia. El
Ayuntamiento, dominado a lo largo del todo el conflicto por la CNT y
ERC, acabó asumiendo las competencias de este comité e impulsó una
política de beneficencia para paliar las estrecheces en que se vio
sumida la población.
A medida que avanza la Guerra, la población alcanza la cifra de 23.000
habitantes, de los cuales 7.200 eran refugiados. Esta dato da
idea de las dificultades añadidas que se vivieron en la localidad en un
momento de gran carestía de productos básicos y de aumentos de
los precios, lo cual favoreció la aparición del mercado negro. La
colectivización de ocho empresas y la puesta en marcha de algunas
cooperativas fueron las respuestas que dio la Administración municipal
a la picaresca especuladora.
El 27 de febrero de 1939, después de tres años de miserias, las tropas
franquistas entran en Santa Coloma y comienza la represión, las
detenciones en masa y los ajusticiamientos. Celestí Boada, alcalde de
Gramenet del Besòs en 1937, fue uno más de los fusilados en el Camp de
la Bota, a pesar de que las propias autoridades franquistas encontraron
intachable su gestión. La memoria de Celestí Boada fue rehabilitada
públicamente en 1998 con la inauguración de un pequeño jardín que lleva
su nombre en el barrio del Riu Nord.
10. Franquismo y transición
La Santa Coloma de calles sin asfaltar y sin alumbrado público,
deficitaria de servicios básicos, repleta de pequeñas casas de la época
de los estampillaires se mantuvo sin grandes cambios en la década de
los 40. Sin embargo, entre 1950 y 1975 se producirá la gran
metamorfosis: en aquellos 25 años, la ciudad pasa de 15.000 a 135.000
habitantes. Este brutal crecimiento fue consecuencia del alud
migratorio que propició la etapa del desarrollismo franquistas: miles
de familias, en su mayoría del sur de España, llegaban a Catalunya para
forjarse un futuro de bienestar.
La ciudad creció sobre una red viaria heredada de los años veinte y
pensada para un tipo de construcción de carácter disperso. Muchas casas
fueron derribadas y en su lugar se levantaron bloques de pisos a un
ritmo frenético. Se construyó sin ninguna previsión, buscando el lucro
y el enriquecimiento rápido: los especuladores hicieron estragos hasta
el punto de levantar bloques en las faldas de la montaña, cuando ya
casi no quedaba espacio para más pisos. Los barrios de Les Oliveres y
Can Franquesa han quedado como ejemplo de hasta qué límites puede
llegar la voracidad humana y la falta de escrúpulos.
En ese contexto y a pesar de la represión, la resistencia
antifranquista se organizó en los barrios. Las parroquias y los centros
sociales fueron vehículos de inquietudes políticas y ansias de
libertad, así como la revista Grama, cuyo primer número apareció en
1969 ya con una clara línea de denuncia. Tampoco faltaron las
movilizaciones, como la que se produjo en 1971 para reclamar un
ambulatorio, o la de 1974 cuando fueron despedidas 220 trabajadoras de
la fábrica Casadesport. En 1976 miles de personas reclamaron la
preservación de Can Zam para el pueblo y hacer en estos terrenos un
gran parque. Ese mismo año las entidades populares recuperan la Festa
Major d’Estiu con el espiritu participativo y de compromiso que
adolecio durante otros periodos
En 1979 se celebran las primeras elecciones municipales. El triunfo de
la izquierda es irrefutable. Socialistas y comunistas suman 24 de los
27 escaños del Ayuntamiento, lo cual permite la puesta en marcha de una
política progresista, de freno a la especulación, de creación de
equipamientos y de recuperación del patrimonio.
Las fuerzas progresistas que han gobernado Santa Coloma en la década de
los 80 y de los 90 —primero con Lluís Hernández como alcalde y luego
con Manuela de Madre— recibieron del movimiento vecinal el Plan
Popular, un catálogo impresionante de alternativas a los problemas de
infraestructuras que heredó la ciudad del tardofranquismo. Ese plan se
publicó en 1978 y fue fruto del consenso y de las soluciones que
apuntaron muchos hombres y mujeres comprometidos con su ciudad, con
gran respeto a su pasado y con la mirada puesta en el bienestar de las
próximas generaciones.
Fuente: Texto original publicado por el Ayuntamiento de Sta. Coloma " Sta. Coloma de ahir i de avui". Texto extraido de gramenet.com.